Spanish flagPortuguese flag

Ingreso

Busqueda

Función Paterna:

Tal como postula Freud, la especie arrastra una información filogenética es decir cultural para la visión psicoanalítica referida a ciertas imagos, especialmente paterna, materna y fraterna. A partir del mito de la horda primitiva, el nombre del padre, fuente de toda legalidad, se ha transmitido a lo largo de las edades con las variantes de cada caso, de acuerdo a la producción de sujeto que cada sociedad realiza: en efecto, sus características varían según se trate de la antigüedad, el Medio Evo, el Renacimiento, la Modernidad o su saga.

Si admitimos que la niñez es una categoría tardía en la historia del hombre y que hasta su institución lo que hoy llamamos “niño” no era más que un otro pequeño sometido al mismo régimen que cualquiera de los mortales, la función paterna y su contrapartida, el rol filial se cimentó en una diferencia de fuerzas, ya fuesen éstas físicas, intelectuales, afectivas o sus combinaciones.

Aún hay otro fenómeno puesto en juego. La eficaz demolición que sobre la función paterna realiza la sociedad, determina en el individuo de hoy un posicionamiento novedoso: el adulto ocupa un topos “de piso” entre otros dos sobreelevados. Por un lado, la función paterna a la que de origen está sometido, y por el otro una nueva instancia encarnada en su propio hijo.

Desde el punto de vista de éste, el otro es papá, sin duda, pero desde la óptica de este padre el hijo es, en el fondo, otro padre. La clínica nos muestra que cuando, bajo cualquier pretexto, alguien ejerce violencia sobre su vástago, lo que en realidad sucede es que, irritado por los actos del pequeño y frente a la evidencia de su propia orfandad, pierde los estribos y con ellos su función, emprendiéndola con el niño en mérito a su superioridad física.

Su condición aparente de padre terrible encubre la de un hijo sorprendido en falta que, para continuar cumpliendo con los mandatos heredados y aprendidos, golpea al niño “desde arriba” en términos de poderío, pero “desde abajo” en cuanto a lo topológico de la función de ese Otro. Resulta claro que muchos padres, sometidos a las heridas que la sociedad infiere, depositan desde alguna fantasmática ciertas cualidades en sus hijos, aún en niños muy pequeños: algo alusivo a la protección, el cuidado, la resolución de sus problemas, todas cuestiones propias de la función asimétrica.

Al mismo tiempo, envidian de sus hijos el mundo de la infancia, el espacio básicamente lúdico que en rigor ellos mismos como padres debieran garantizar. La imposibilidad de la cumplimentación de tales pretensiones habilita el desencadenamiento de la violencia, activada la mayoría de las veces por razones baladíes.

Deducimos de ello que el tan mentado filicidio, no es más que la puesta en acto de una intención parricida, ejecutada en la persona del hijo por un fatal deslizamiento transferencial. Emparedado entre dos padres, uno tal vez efectivamente terrible pero otro ciertamente inexistente, el sujeto de hoy padece su propia asimetría desde un imaginario de hijo doble y una impostación patética de padre cuya imago, para colmo, en su marco social decae.

Es también la clínica, tanto en el plano psicoanalítico como en el sociológico, la que nos muestra que es nuestro modelo societario el que, en la construcción del sujeto, le impide el acceso a los emblemas últimos de la función paterna, al tiempo que instituye una modalidad predominantemente analfálica por vía de modelos familiares y escolares donde campean valores tales como deuda, especulación, prebenda, formalidad, rito, censura, discriminación, y como además pareciera demostrarlo la tesis de Mustapha Safouan cuando compara sistemas tan nuestros como economía y religión.

Desde una perspectiva bioniana, la alternancia entre los supuestos básicos de “dependencia” y “ataque y fuga” parecen evidentes: por el primero encontramos la fuerte impronta del caudillismo, los liderazgos paternalistas, la propia concepción del Estado que fue hasta no hace mucho el principal depositario de una esencia surtidora; por el segundo, la fragmentación social y la preponderancia de un formato sadomasoquista que se detecta en dos de las grandes ramas del quehacer humano: el trabajo y la vida amorosa.

Si el trabajo está herido de muerte y por amor se golpea, el humor se ennegrece y la creatividad pierde poder de gestación. De este modo los cuatro pilares freudianos de la salud mental estarían ciertamente en cuestión si no fuese porque nos obstinamos en intentar comprender y criticar lo que nos acontece, con los ojos puestos en cambios cocinados al rescoldo de pequeños amores.

Malaurie